La fotografía y el cine, compañeros inseparables (II)

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Desde el principio de la historia del cine hubo una enorme necesidad de contar con la luz, para poder filmar con la escasa sensibilidad de las películas de entonces; y controlar la luz, para conseguir todo tipo de efectos, como podemos ver en la película Danse Serpentine, que de paso es la primera película en color, coloreada fotograma a fotograma también por los hermanos Lumiere.

La luz pasa a ser uno de los grandes problemas y desde luego no se podía utilizar en los orígenes como recurso expresivo. Lo único que se buscaba era iluminar por doquier sin tamizar ni controlar con ninguna intención estética.

La fotografía no era todavía uno de los pilares del cine. Había que colocar la cámara sobre el trípode y el operador, que no tenía un papel creador dentro de la película, se limitaba a dar manivela a una velocidad constante para evitar problemas en la filmación de la película.

Los problemas de los inicios

Como es evidente sólo se podía rodar de día, con mucho sol por culpa de la escasa sensibilidad de las películas, un problema muy complicado hasta hace poco, y que hace que cuando lo descubramos, apreciemos mucho más el trabajo del director de fotografía.

La primera máquina Lumiére tenía un obturador que dejaba, mediante un movimiento oscilatorio de 180º, captar la nada despreciable velocidad de 16 fotogramas por segundo. Actualmente, la velocidad es 24 fotogramas por segundo, y si pasamos una película rodada a 16 a 24 fotogramas por segundo, parecerá que los actores tienen un movimiento acelerado, como si fueran muñecos. Esto es lo que le da el aspecto cómico a los primeros intérpretes del cine (es un por un motivo técnico, no estético), además de los exagerados maquillajes, para mitigar los efectos del tipo de película que se utilizaba entonces, ortocromática, y de las exageradas luces necesarias para iluminar a los pobres actores.

Las primeras películas que se rodaron tenían un solo plano, frontal -salvo contadas excepciones, como la famosa Arrival of a train at la ciotat y totalmente estático. La cámara estaba fija en su trípode y el operador daba vueltas a la manivela hasta que se acababa el rollo. De lo único que se tenía que preocupar era de girar a velocidad constante la manivela y de que hubiera luz a raudales. Cosas como el fotómetro o los focos eran aparatos propios de la ciencia ficción. La experiencia era un grado y era en lo único que se confiaba.

El tema de la frontalidad de la cámara era una búsqueda de similitud con el teatro. La cámara está situada como un espectador, un punto de vista que condiciona todo lo que se representa en la escena.

Cuando alguien empieza a fotografiar o a grabar una escena, tiene tendencia a colocar la cámara en un eje frontal, y perpendicular al motivo, con la intención de buscar la simetría en la escena. El horizonte estará siempre en el centro. Los pioneros eran amateur y todavía no tenían una capacidad de análisis más allá del ingenio que destilan ahora los directores de fotografía.

Estamos en los orígenes del cine, y todavía queda tiempo para que los genios afloren, y según veremos, no estaban muy alejados del mundo de la fotografía.

Registrar más o menos lo que se veía era ya un logro personal del operador y conseguir concentrar la luz necesaria para que el negativo se expusiera, un esfuerzo sin igual. Para los incrédulos, contar que las primeras películas tenían una sensibilidad de aproximadamente de 6-8 ISO, es decir, que para registrar información en el negativo necesitaban dieciséis veces más luz que lo que precisa una cámara de fotos actual. También sería ese el motivo por el que los hermanos Lumiere calcularon dieciséis fotogramas por segundo. Un tiempo que juzgarían justo para exponer y para registrar el movimiento de una manera natural.

Pero tenemos que saber que muchas veces, se ha llegado a rodar a 8 fotogramas por segundo para poder captar toda la magia de la luz, como ocurre por ejemplo en Días del cielo de T. Malick, donde Néstor Almendros fotografió a esa velocidad para poder grabar las escenas del atardecer. Tuvo que pedir a los actores que se movieran más lentamente. La interpretación podría llegar a ser poco natural, pero el resultado bien valió un Oscar.

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